El rostro es lo primero en lo que nos fijamos al conocer a una persona. Con una simple mirada, inferimos su identidad, sus intenciones, sus emociones e incluso un grado instintivo de confianza. Por eso, los rostros generados por IA son más que un avance técnico: intervienen en uno de los mecanismos más rápidos y profundos de la percepción humana.
Un estudio de la Universidad de Milano-Bicocca, publicado en Scientific Reports el 30 de junio de 2026, examinó esta relación mediante electroencefalografía. Treinta participantes observaron 440 imágenes, la mitad reales y la otra mitad generadas por sistemas. Se les pidió que juzgaran el origen, la familiaridad y el atractivo de los rostros mientras 128 sensores registraban la actividad cerebral.
Los resultados revelan una discrepancia entre lo que decidimos conscientemente y lo que procesa el cerebro. Los participantes identificaron correctamente solo el 33 % de los rostros sintéticos como artificiales, menos de lo que se esperaría por azar. Sin embargo, las señales neuronales sí distinguieron las imágenes generadas de las fotografías, activando redes vinculadas al reconocimiento, la memoria y la evaluación emocional de diferentes maneras.


